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Fotografía: Carlos G. Tutor y Olga Canals |
Pero en el intento de llegar a las Indias por el Atlántico se interpuso una masa de tierra. Los navegantes la consideraron al principio un pequeño archipiélago que había que sortear antes de llegar a la tierra de las riquezas. Los españoles eligieron bordear el lugar por el sur y pronto entendieron que aquello era en realidad un nuevo continente: América.
Dirección sur, los navegantes se encontraron con el litoral de una tierra desconocida, un mundo enorme e inabarcable, devastas llanuras y costas infinitas, mucho más grande que su tierra natal. Si Asia se consideró la región de lo extraño, América se vio como la tierra de la desmesura.
Es así como las recién descubiertas Indias occidentales se poblaron de mitos similares a los que ya se conocían en las Indias. Las primeras cartografías mostraron seres fantásticos. En el mapa circular de Walsperger, de 1448, se podía leer una leyenda en lo que hoy se considera la Patagonia, que decía: Hic sunt gigantes pugnantes cura draconibus ('aquí viven gigantes que luchan contra dragones').
La expedición de Hernando de Magallanes llevaba consigo mapas con gigantes representados, así que esperaban encontrarlos en el nuevo continente. Junto con Magallanes viajaba Antonio Pigaffeta, un noble italiano, culto y escéptico, que se convirtió en el primer cronista en dar fe de la existencia de una raza de gigantes en el sur de América, en una infinita tierra inhóspita. Así lo relató en el 1520: «Transcurrieron dos meses sin que viéramos ningún habitante del país. Un día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de estatura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza (…) Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura (…) Nuestro capitán llamó a este pueblo Patagones».
Tierra de gigantes
Ese pueblo tehuelche, que se les antojó gigante en medio de tanta inmensidad, fue el encargado de dar nombre a la Patagonia. Se ha hablado mucho sobre el por qué se les llamó patagones. Una teoría apunta a que la denominación vino dada a causa del tamaño desmedido de los pies de los indígenas, que tenían una altura bastante superior a la media de los europeos de la época.
Sin embargo, la denominación de aquella tierra como Patagonia quedó relegada al olvido durante dos siglos, hasta que el misionero jesuita Tomas Falkner la recuperó en 1774 y la consolidó gracias a su libro Descripción de la Patagonia y de las partes contiguas de la América del Sur.
Mito y leyenda han convertido a la Patagonia en una tierra singular; impenetrable primero, maldecida por la esterilidad después, como escribió Charles Darwin, y siempre mágica para los que se aventuraron a recorrerla hasta el «fin del mundo». Una magia y un misterio que se siguen palpando en el ambiente. Adentrarse en la Patagonia es hacerlo en un mundo diferente, donde magia y leyenda se confunden con la realidad.
Seres fantásticos
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Fotografía: Carlos G. Tutor y Olga Canals |
El Bolsón se precia de ser el primer asentamiento hippie de Argentina, el primer pueblo que fue declarado zona no nuclear y, además, el lugar más idóneo para ver seres fantásticos, sobre todo, gnomos. Leyenda o realidad, muchos son los que se toman en serio el asunto y afirman que quienes viven en las montañas cercanas al pueblo los ven a menudo. Una buena ocasión para conocer historias de primera mano la brinda la feria de los Artesanos, que se celebra tres veces por semana en la localidad. A primera hora de la mañana, los tenderetes recién montados empiezan a llenarse de productos artesanos, desde el típico dulce de leche hasta gnomos, todo ello confeccionado por la gente que vive apartada del pueblo, en la montaña.
Ellos, que viven en contacto con la naturaleza, al margen de todo aquello que podría parecer imprescindible, como la luz eléctrica o la televisión, explican que en más de una ocasión han visto gnomos. Cuentan que solo puede verlos quien vive en armonía con la naturaleza.
Las historias de seres fantásticos son muy comunes en toda la Patagonia. Cerca de El Bolsón, en Bariloche, la cascada de los Duendes se conoce con ese nombre porque –dicen los lugareños– es posible ver a esos pequeños seres por sus alrededores. Y en la Hoya, algo más al sur, la leyenda popular cuenta que es posible llegar a ver a las escurridizas ondinas. Además, está muy extendida la leyenda del cahuacahua, un troll poco sociable, que se desplaza saltando de árbol en árbol y que con su aliento mata a todo ser humano que se encuentra.
Otro de los lugares más conocidos de la Patagonia andina es El Calafate. Este pueblo a orillas del lago más grande de la República Argentina, el lago Argentino, es la puerta de entrada al Parque Nacional de los Glaciares.
Cuenta la leyenda que cuando esta zona estaba habitada por los tehuelches, el invierno era tan duro que tenían que emigrar hacia el norte. Cierta vez, Koonek, una anciana curandera de la tribu, no se encontró con fuerzas para emprender la migración. Las mujeres de la tribu le hicieron un refugio y se despidieron de ella, dejándola sola para morir. Pasaron muchas lunas en silencio hasta que llegó la primavera y la anciana revivió al oír el canto de los pájaros. Les reprendió por haberla dejado sola tan largo tiempo y ellos le respondieron que se habían ido porque en invierno escaseaba el alimento. De pronto, una ráfaga de viento volteó la tienda y, en lugar de Koonek se encontraba un arbusto espinoso con flores amarillas que permitió tener alimento en invierno, el calafate. De ahíla afirmación, común en todo el sur patagónico, que dice que quien come el fruto del calafate siempre vuelve.
Más allá de la leyenda, El Calafate siempre invita a volver. Los glaciares ofrecen un espectáculo único y sobrecogedor. Quizá el más impresionante sea el Perito Moreno. Se trata de una lengua de hielo que nace a 2.500 metros de altura y desemboca a 50 metros sobre el nivel del mar, en el brazo Rico del lago Argentino. Ocupa una superficie de unos 250 kilómetros cuadrados y tiene más de 30 kilómetros de largo.
Las dimensiones del glaciar sobrecogen, pero tan impresionante como verlo es escuchar su crujido constante. Al atardecer, cuando la pasarela que permite observar el espectáculo se queda sin turistas, el ruido del hielo se intensifica y es entonces cuando, a solas delante del glaciar, es posible observarlo en todo su esplendor.
Y si la Patagonia andina es espectacular y rica en leyendas, no deja de serlo también la Patagonia atlántica. De norte a sur, ofrece infinidad de alicientes y actividades. Probablemente, una de las más espectaculares sea el avistaje de ballenas en pequeñas embarcaciones que se realiza en Puerto Pirámides (Península Valdés), un tipo de avistaje único en el mundo.
El fin del mundo
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Fotografía: Carlos G. Tutor y Olga Canals |
Pero el lugar que más avivó la imaginación de los aventureros fue la isla de Tierra del fuego, en la Argentina austral. Miles de exploradores la consideraron el fin del mundo. Tierra del fuego debe su nombre ala expedición de Magallanes. El estrecho de Magallanes, el canal que une el Atlántico con el Pacífico, fue sorteado por la expedición el 21 de octubre de 1520. Al sur, los navegantes avistaron las fogatas de los indígenas, por lo que llamaron a la isla Tierra del fuego. Es aquí donde se encuentra la ciudad más austral del mundo, Ushuaia. Algo más al sur solo queda habitado el pequeño pueblo chileno de Puerto Williams.
Recorrer la Patagonia es recorrer un mundo distinto, donde las proporciones cambian y todo se hace más grande e inabarcable. Un mundo donde el hombre se convierte en un elemento más de un territorio de vastas planicies y carreteras con rectas tan largas que se pierden el horizonte. Y es que quien decide conocer la Patagonia prescindiendo de los viajes en avión, inevitablemente tiene que pasar muchas horas en sus típicas carreteras sin asfaltar, de ripio, como allí las llaman. Las distancias entre pueblos son largas y las horas de soledad en la carretera incontables. Aunque quizá sea en el ripio donde se pueda comprender en su totalidad el misterio y la leyenda que encierra la Patagonia. Pues cuentan los lugareños que por la noche, mientras se conduce, es fácil ver cómo una luz surgida de la nada sigue al coche, siempre a ras de suelo y siempre a la misma distancia. Y si algún conductor se atreve a intentar perseguirla, jamás logra alcanzarla. La llaman la luz mala, a pesar deque nunca haya hecho daño a nadie, y son pocos los que, en esta tierra inhóspita, se atreven a dudar de su existencia.
Carlos G.Tutor / Olga Canals







