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El samurái moderno

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Samurai Moderno CB La Revista

El término “samurái” tiene dos acepciones: 1) está referida a los guerreros japoneses como servidores y/o guardianes, y 2) se emplea para designar al hombre preparado para la guerra. El samurái es un luchador experto en las artes marciales con habilidad extraordinaria en el manejo del sable y del arco, pero que también se enfila a la perfección interior para conducirse.
Su destreza para la guerra no queda en el campo de batalla, sino que traspasa el umbral del mundo cotidiano. Vive para ser congruente consigo mismo; tiene pertenencia absoluta a sus principios, a la familia y a sus propósitos, que le dan consistencia. El samurái vive con lo necesario porque no requiere atesorar riquezas materiales y su interés se centra en actuar con honor y valor. El hombre o mujer samurái no teme morir en vano y por eso se entrega milímetro a milímetro en cada combate que libra.

Tiene presente el orgullo de un ser de conocimiento, estricto consigo mismo y con los demás, ya que cada momento es una increíble porción de vida que puede terminarse, por lo que valora cada situación que se le presenta. Vive y lucha significativamente cada instante, en virtud de que su pensamiento no admite sentimientos intermedios.
En la modernidad, el samurái recoge el estricto código de ética denominado bushido, que significa ‘camino del guerrero’, que en su forma más acabada es praxis que exige ponerse en estado latente de “vivir sin temor” para actuar con la mayor intensidad.
Pese a que estas normas disciplinarias estuvieron orientadas a la guerra y a la defensa del status quo, hoy en día el bushido ha sido revalorado como factor de cohesión interna. En la actualidad, es muy fácil criticar la inflexibilidad de los guerreros japoneses del siglo XII; sin embargo, cuando se visualiza su posición de combatiente, salta a la vista que sus anclajes ideológicos pretendían fuerza y equilibrio.
Si aceptamos la consistencia samurái como baluarte de fortalezas y contradicciones, reconoceremos su trascendencia para impulsarse a través de la estrategia, la entrega, el honor, la tolerancia… pero sobre todo del espíritu que vive al máximo. Esta combinación de elementos —fuera de mitos y leyendas— hace que hoy en día las personas que desean ser samurái recobren conciencia, situándose en un nivel supremo de ser y de estar.

El código samurái

Siete son las virtudes que componen el código básico de un samurái:

  • Rectitud

Ser recto es igual a ser directo, es decir, “de una sola pieza”. Representa la fortaleza para tomar decisiones correctas y seguir viviendo. La rectitud es fidelidad con los convenios personales que hay entre uno y la realidad.
El samurái con rectitud adopta justicia y honradez para sí, dando siempre el beneficio de la duda a los demás, pero jamás es confiado ni ingenuo. Para él no hay claroscuros: sólo existe lo correcto y lo incorrecto.

  • Coraje

El samurái comprende que no puede estar en la medianía de las personas temerosas, que no actúan con determinación. Sabe que vivir no es un asunto de ocultamiento y por eso afronta el mundo con coraje.  Su coraje no es ciego o visceral, sino premeditadamente inteligente.
Un samurái sustituye el temor por la planificación audaz, la precaución y la fuerza en todos los actos que realiza, reemplazando el miedo por respeto y prevención.

  • Benevolencia

La benevolencia no es sinónimo de bondad, pues el samurái actúa tomando decisiones al vuelo. Vive en combate permanente sin detenerse a pensar si lo que lleva a cabo es bueno o malo. Al desarrollar rapidez en sus actos y aceptar los ritmos de su entorno, tiene la certeza de que su poder se usa para alcanzar sus propósitos.
Ser benevolente no es igual que convertirse en “alma de la caridad”, sino que es ser recíproco con el ambiente que lo rodea, porque sólo así logra sus fines sin perturbaciones inesperadas.

  • Respeto

El samurái es consciente de su poder y por eso no lo despliega innecesariamente. Esto hace que no tenga motivo para ser cruel, ya que al no requerir demostración de su condición, trata con respeto a los demás.
El samurái no busca aprobación ni tampoco emplea tácticas inadecuadas para conseguir sus fines. Su desenvolvimiento es cortés con aliados y adversarios. Esta virtud le asegura ser visto y tratado con respeto, no solamente por la impecabilidad al realizar sus actos, sino por la forma en que trata a las personas.

  • Sinceridad

El samurái demuestra entereza con la palabra dada, pues cuando asegura que va a realizar un acto es como si ya estuviera hecho. Nada lo detendrá para realizar su propósito y por eso no promete: cumple.
El simple acto de hablar pone en movimiento su ser, porque la sinceridad se mide bajo el fundamento pensar-actuar.

  • Honor

El samurái no actúa pensando que hay jueces dictaminando a favor o en contra de sus actos. Sabe que el tribunal más implacable —al que no puede engañar— es él mismo. Las decisiones que toma y cómo las ejecuta son un reflejo de lo que es.
El honor entendido así es coherencia entre pensar y hacer. El honor es suyo, no una mercancía intercambiable que busca aceptación.

  • Lealtad

El samurái es leal con su actuación y respeta a sus pares. Reconoce que decir, pensar y hacer es algo de su pertenencia y por ende es fiel a sus decisiones.
Es responsable de cómo vive y deja vivir, así como de todas las consecuencias que le prosiguen. La lealtad no es medible por subjetividades tales como amor, compasión o capricho, sino por la magnitud y consistencia de los actos que realiza.

Cualidades del samurái

Samurai moderno CB La Revista
 El samurái es leal con su actuación y respeta a sus pares. Reconoce que decir, pensar y hacer es algo de su pertenencia y por ende es fiel a sus decisiones / Fuente: MorgueFile

LA OBSERVACIÓN

Un samurái debe observar todo, desarrollando certeza para advertir los elementos tangibles e intangibles en su entorno. Ésta es la característica esencial para saber dónde está situado y cómo debe actuar para salir avante en su proyecto de vida.
Por ningún motivo se confía de lo que sabe o supone conocer, ni pretende obviar factores visibles u ocultos a simple vista, porque en esto radica su éxito.
Observa rostros, gestos, palabras, circunstancias y la disposición de las cosas para interiorizar el ambiente en el que se encuentre. Esto es trascendental porque ofrece la proporción exacta de dónde, con quién, cómo y cuándo ejecutar sus destrezas.
La observación permite conocer los actos que serán empleados por los otros y da oportunidad a la planificación en ese instante y en el futuro. Observar otorga poder para descifrar códigos secretos para la mayoría, abriendo la posibilidad de acceder a un nivel hegemónico sin llevar a cabo luchas infructuosas.
Observe primero para luego ver, sólo así tendrá acceso a una realidad más clara. Preste atención a las circunstancias que rodean sus encuentros; analice las salutaciones, las facciones de los demás; tenga presente el modo en que se dicen las palabras y pondere las intenciones de los demás.
La observación permite tener un panorama global, y al tener este tipo de visión no existe involucramiento en el juego de intereses y pasiones que hay en medio. No participe en algo si no es jugador y tiene las cartas en la mano.

NADA AL AZAR

Un samurái no deja absolutamente nada a la suerte, porque nada es casual y mucho menos involuntario. La naturaleza del mundo no es azarosa, pues se compone de leyes —muchas descifradas por la razón científica y otras que todavía conservan su misterio— que ponen a cada quien en el sitio exacto.
En el mundo de la vida, todas las personas persiguen fines, nada es como parece de simple y por esto es imprescindible que nada se deje a designios externos. El samurái rechaza la moraleja de “cuando el destino nos alcance”.
Siempre hace uso de su voluntad y capacidad para cumplir sus propósitos y para modificar el curso de las situaciones que afronta. Si deja la voluntad al azar, estará permitiendo que otros impongan condiciones, y no hay nada peor que perder el control.
Al saber que nada se hace “por tirar los dados”, empleará todo su ser en actuar porque nada es sencillo o complejo como parece.
El humano da por hecho una serie de cuestiones vitales, tales como respirar, caminar, pensar, hablar, reír o simplemente dormir; no obstante, cada uno de estos actos es encendido por una intrincada red de reacciones físicas, químicas y eléctricas que ponen al descubierto movimientos corporales, intercambios de fluidos y sinapsis neuronal.
Un samurái nunca da por hecho nada y todo lo asume como un nuevo reto donde emplea lo que esté a su alcance, porque si nada es azar, sólo le queda impulsar su determinación para generar oportunidades y luego convertirlas en fortalezas.
El samurái nunca se abandona a su suerte y lucha —en primera instancia— por aceptar su devenir, para luego, si lo desea y puede, trastocar lo que aparentemente es inevitable.

SIN CONTEMPLACIONES

Un samurái no anda en busca de compasión ni complacencia, como tampoco de comprensión o auxilio, porque es objetivo para actuar sin lloriqueos. Lucha sin contemplaciones, quejas o titubeos, ya que estos avatares lo distraen de su propósito, pero, sobre todo, lo desgastan hasta el punto de quiebra.
El samurái está convencido de que la vida es un continuo combate e interioriza que cada batalla puede ser la última, por lo que entrega todo lo que es a cada momento. Si piensa así, el sentido del miedo desaparece, apoderándose de la certeza de que cada uno de sus actos puede ser lo último que efectúe. Al deshacerse del temor, se convierte en un ser libre, pleno y con claridad.
Cuando se actúa de esta forma, el peso de las falsas morales y el abandono personal desaparece para dar paso a acciones contundentes. Si el samurái alcanza la victoria, la asume; pero si fracasa, también, aniquilando los intermedios de culpabilidad y desazón.
Si no se sale del círculo vicioso de la contemplación, todo parecerá ofensivo e inquietante, pero sobre todo inalcanzable. Un samurái no tiene tiempo para quejarse, sino para enfrentar lo que se le presente.
Un samurái no puede lamentarse, pues sabe que su existencia es un reto sin fin, interiorizando que los desafíos son contradicciones que deben superarse. No tiene tiempo para detenerse a reflexionar sobre si las cosas que tiene enfrente son buenas o malas.
La mayoría de las personas son carnívoras por la razón intrínseca de que no se detienen a analizar si es moral matar a los animales que se llevan a la boca. Los vegetarianos tampoco se paralizan al cortar un vegetal, para luego pedirle perdón por cortar sus frutos.  
La verdad es que una victoria acarrea contrariedad en los otros, pero un samurái no se interrumpe, ya que si lo hace, estará derrotado.
La felicidad de unos es tristeza en otros y viceversa. El dolor en unos es la alegría para otros. La vida es muerte y así ad infinitum. Nada debe detener la voluntad de un samurái porque en ello va su propia existencia.

SER IMPECABLE

Un samurái es impecable cuando utiliza acertadamente sus habilidades. Todo despliegue o ahorro de energía y recursos es poder. La impecabilidad es el único acto consciente que da libertad y brinda la posibilidad de estar bien consigo mismo.
Ser impecable amerita disciplina para conducirse: ordenar pensamientos, poner en el justo medio sentimientos y usar los recursos disponibles en condiciones óptimas. Un samurái no puede actuar a la deriva, sino con vigor para hacer las cosas y sentirse satisfecho. La impecabilidad representa la actuación integral de lo que es y quiere llegar a ser.
Un samurái es impecable cuando tiene plena confianza en su poder personal, sin importar que sea grande o pequeño. Activa todo su potencial y se entrega a su cometido.
El samurái debe portar su armadura con entereza; conocer el terreno amigo y enemigo; entregarse siempre con toda su fuerza; disponer del ambiente adecuado y desarrollar actos que solucionen los conflictos.
Muchas personas se reservan ropas, frases y virtudes para “tiempos mejores” sin saber que ahora y en este instante es el lapso preciso para vivir plenamente. El samurái no deja para después lo mejor de sí porque sabe que no hay mañanas. Se ocupa al máximo de ser íntegro por los cuatro costados.

SER ACTUANTE

Un samurái tiene que actuar, no pensar en actuar ni pensar sobre lo que pensará cuando culmine de hacer algo. Su desenvolvimiento está centrado en ejercer la voluntad. Actúa, no habla de lo que puede lograr. No se preocupa, se ocupa en afrontar lo que vive.
Hablar aturde a las personas y llega a confundirlas, pero no detiene el devenir, que más temprano que tarde habrá de enfrentar. Un samurái no se detiene a pensar de más, pues sabe que toma una decisión o recibe un ataque. La actuación es estrategia, es el arma más importante para desplegar fortalezas sin distracciones.
El pensamiento —como acción previa— puede preparar lo que se propone, pero si se disipa, es inactividad, lo cual extermina la eficacia del acto. Un samurái calcula todo para el ataque porque esto le representa control y poder, pero una vez terminadas las cavilaciones mentales, actúa.
A un samurái nadie lo empuja, detiene u obliga a hacer cosas contra su voluntad. Está orientado a vivir, haciéndolo de la mejor manera: actuando en consecuencia.
Si está sufriendo un asalto y tiene oportunidad de escabullirse, piensa la táctica defensiva, porque si no actúa, le quitarán sus posesiones y hasta la vida. No puede darse el lujo de pensar si va a causar dolor al asaltante o que éste no va a proveer de sustento a su familia. Actuar es un imperativo de supervivencia, ni más ni menos.

SER IMPREDECIBLE

Un samurái tiene la opción de ganar más batallas no tan sólo por enredar a sus oponentes o porque conozca sus formas de ser, sino porque es impredecible. Ésta es una real fortaleza, ya que jamás actuará como infieren sus adversarios.
Acabe con las rutinas y las comodidades, desterrando lastres innecesarios. La variabilidad de sus actos lo convertirá en un ser con movimiento fluido, capaz de cambiar cuando así lo requiera la situación.
Se debe lograr que cada acto sea relevante y no repetible. Un samurái rompe hábitos innecesarios que lo hacen estar en la mira de sus oponentes. Hay que cortar de tajo cualquier cosa que haga daño o dé ocasión de ponerlo al alcance de los demás.
Ser impredecible no es lo mismo que voluble, la impredecibilidad es control para saber cómo, cuándo y cuáles serán los ejes de actuación cambiantes a discreción.
Uno de los logros más efectivos de un samurái es sacar de balance a sus adversarios, convirtiéndose en blanco móvil al que no se le pueden asestar golpes. Ser previsible lo hace insoportablemente débil, ya que la rutina se apoderará de sus actos.
En la vida moderna, mucha gente escoge rutas fáciles para ir o venir: la hora exacta de entrada y salida de actividades, el camino al trabajo, la manera de contestar los saludos, las frases utilizadas en protocolos, el tipo de ropa que se porta en ocasiones sociales, el modelo para presentar un proyecto y hasta la manera de amar a la pareja, sin saber que esto deja huellas a sus adversarios.
Muchos de los actos que se realizan son una vitrina expuesta a la mirada de todos. Las personas se confían al cristal del escaparate de la vida sin saber que esto las convierte en vulnerables.
El samurái es impredecible para no dar ninguna ventaja a los contrincantes. Reduce a su mínima expresión los flancos débiles, convirtiendo su vida en una aventura calculada. Hay que cambiar los usos y costumbres por una cotidianeidad de mil vías.

SER CAZADOR

Un samurái siempre está a la caza para alcanzar sus objetivos. Un cazador acecha todo lo que se mueve en su entorno, inclusive se acecha a sí mismo para estar siempre alerta. Jamás se decepciona al fracasar en una tentativa de ataque, sino que, por el contrario, emprende el camino de vuelta —una y otra vez— hasta lograr su meta.
Del mismo modo que se hacen todos los preparativos para cazar a un adversario, un samurái está a la caza de sus pensamientos y perspectivas hasta conocer el fondo de sus miedos, para después neutralizar lo que es inútil. Esto no implica deshacerse —de una vez por todas— de lo que obstaculiza su actuación, pero sí detecta las heridas abiertas que lo debilitan y las hace a un lado, para que no estorben su cometido.
Cazar significa comprender que está acechado por otros y que, en la medida en que enfrente sus temores y lleve a cabo sus tácticas de poder, estará en posición de voltearse y cazar a su atacante. A veces, es necesario hacerse pasar por “presa” para contrariar al oponente y cazarlo en territorios insospechados.
Un samurái caza con razón e intuición. Ve a sus oponentes como un manojo de oportunidades a favor y ataca con todo para hacerlos sucumbir. Algunas veces, los ataques tienen que ser fulminantes, rápidos y sin consideración. Otras veces, pueden ser “finos”, los cuales, por su mesura y delicadeza, van a ser interpretados como actos gentiles, pero inevitablemente eficaces.
Hoy en día, no se da importancia a la acción de cazar, olvidando que todos cazan —el samurái siempre lo hace de manera premeditada—: se caza el tiempo para pedir un aumento salarial, de hacernos protagónicos y hasta de enamorar a la persona que reúne los requisitos para ser pareja. Ser cazador es un suceso calculado. No se puede adoptar el rol de cazador sin concienciarse del mismo, ya que se corre el riesgo de ser atrapado.

TOMAR DECISIONES

Un samurái sabe que sólo existen dos tipos de decisiones: las que se hacen bien y las que se hacen mal. Cuando un hombre o una mujer decide actuar por algo, lo debe hacer aceptando la responsabilidad de sus actos. Haga lo que haga, debe saber por qué lo hace y luego seguir adelante con sus acciones sin tener dudas o remordimientos.
Una vez que ponga en marcha un plan, no debe anidar pensamientos encontrados y mucho menos preocupaciones. Un samurái siempre actúa sin lamentos ni dubitaciones. Los buenos resultados dependen de la aceptación del plan trazado y de que los procedimientos que desarrolle sean los correctos. Si esto es así, los continuará realizando sin chistar; si, por el contrario, falla en su intento, tendrá que asumir su pérdida momentánea, pero nunca abandonarse a la pena.
El mundo está constituido por pares contrarios: lo bueno y lo malo, lo frío y lo caliente, el día y la noche, el amor y el odio, la vida y la muerte, la luz y la oscuridad… entre una infinidad de ejemplos, y, por lo mismo, es inaplazable tomar decisiones para vivir.
La decisión es como un eco que regresa metamorfoseado en consecuencias para afrontar.
Un samurái sabe que todos sus actos implican responsabilidades, pero no por esto se inmoviliza, sino que, por el contrario, sigue desarrollando tácticas para triunfar.
Vale más tomar decisiones que vivir en la duda de no hacer nada. Ya tomada una decisión, no hay marcha atrás.

SER IMPLACABLE
 
Un samurái sabe que el mundo está hecho para ser usado, así que está dispuesto a tomar todo lo que se ponga enfrente. No tiene miramientos en utilizar lo que esté a su alcance y tampoco se aflige u ofende cuando sea utilizado.
No debe anidar sentimientos de lástima por nadie y sí ser cautivador; astuto, pero cortés; paciente, pero activo; simpático y al mismo tiempo aniquilador. Desde el momento en el que un samurái borra el sentimiento de compasión por sí mismo, tampoco puede sentir remordimientos por los actos que emprende.
Cuando se elimina la culpabilidad y la lástima por uno mismo, la misericordia no tiene sentido: todo se convierte en un campo abierto para alcanzar propósitos.
Si el samurái tiene control, disciplina y la habilidad de escoger el momento oportuno para actuar, esto le asegurará que cada quien reciba lo que merece.
Un samurái sabe que la espera es un factor de control, y mientras la hace, frena ímpetus, necesidades y pasiones, para no distraerse y mucho menos compadecerse.
Si un samurái necesita descansar, aplaza el sueño; si necesita comer, lo hace antes y guarda reservas, y si algo lo lastima, detiene el dolor. Si en un momento dado tiene que sucumbir, lo hace peleando hasta el último segundo, sin justificarse, sin pedir perdón y mucho menos sintiéndose triste o inútil. Se regocija al pensar que habrá más batallas, pero si es su última oportunidad, lo asume con honor.

SER HUMILDE

Un samurái se opone a la presunción personal, porque sabe que si la acepta, estaría entrando en el lado oscuro de la soberbia y el abandono. “Darse importancia” representa el enemigo interno más feroz, pues confina su actuar al pasado glorioso, obstaculizando el presente. Si existe el mínimo asomo de “sentirse importante”, se estará introduciendo en el territorio de la ofensa y vivirá pendiente de la valoración y la acción de los otros.
Nada en este mundo puede ser tan grande para hacer enojar a un samurái. No hay nada personal en las cosas, pues todo fluye como una consecución de actos, en virtud de que todos hacen algo para alcanzar sus propósitos.
Debe concienciarse al nivel de las situaciones que lo permean, sin exhibir preseas del ayer o poses de superioridad. Si se separa de este sentimiento, no habrá enojos que lo hagan actuar por emotividad.
Un samurái sabe que lo pasado quedó a años luz de distancia y que cada día es una nueva batalla por librar. Cuando no se tiene nada que perder ni mucho menos que defender —los conceptos de honra, títulos académicos o capitales materiales—, se adquiere valor y audacia.
Si borra la supremacía del ego, estará despojándose de temores. Si todos los días se ven como desafíos a vencer, no habrá nada importante a lo que aferrarse.
Ser humilde no es lo mismo que pusilánime ni servil. La humildad como acción es una estrategia que atrae y gana respeto, permitiéndole poner las cosas en su justa dimensión. Un samurái es humilde porque demuestra sencillez, no como virtud ecuménica, sino como estrategia para posicionarse en la hegemonía sin que se aprecie a simple vista.

NADA ES NECESARIO

Un samurái es poderoso en la medida en que se desprende de todo. No es que no tenga nada, sino que todo lo que tiene no es un fin, sino un medio. El Homo Sapiens es el único en el reino animal que inventa necesidades. Al construir cada día nuevas necesidades, el ser humano se aleja de la felicidad, haciéndose desdichado.
Si aprende a reducir las necesidades, las cosas obtenidas serán apreciadas como regalos invaluables de la vida. El samurái siente que todo es necesario y no: él mismo no es necesario para que el cosmos siga girando y sin embargo sabe que tiene que permanecer para manifestarse.
Cuando se consigue el desapego material, la vida se torna un lugar digno para vivir. Si nada es tan necesario, el mundo se toma como lo que es: un intercambio de conexiones para ser mejores.
Y si nada es necesario, nada se toma con sobriedad espartana. El samurái debe aprender a no tomarse en serio para que emerja la alegría de actuar. Cuando alguien es capaz de reírse de sí mismo, todo pierde el sentido de la seriedad desdeñosa. En este preciso momento, no hay temor por ser más o menos ni parecer estúpidos o ingenuos, pues cualquier actitud es válida para alcanzar una victoria.
No saberse necesario despoja al samurái de estorbos: si no se agarra a nada, no hay nada que defender. Lo que sea… será.
Un samurái está preparado para luchar y por eso se comporta como lo que es: claro en sus pensamientos y respetuoso con lo que sucede. Si asiste al combate con ánimo impropio, tendrá dolor y la derrota se deberá al exceso de importancia.
Cuando un samurái se comporta de manera íntegra, no hay errores por los que deba rendir cuentas. Si gana, sabe que hizo lo correcto, pero si padece la derrota, sabrá que perdió una batalla solamente y tal hecho no provocará congojas que lo suman en la desolación.

CERTEZA DE MORIR

La concepción de la muerte libera al hombre de ataduras temporales y espaciales, ya que la idea de morir templa la voluntad y pone distancia a todo. Un samurái sabe que existe por el hecho significativo de vivir, esperando al final la muerte.
Esto no quiere decir que vive para morir o que ansía la muerte para vivir otra vez. Se vive con la voluntad de actuar para ser mejor y feliz en este mundo maravilloso, el cual redescubre cada instante.
Un samurái sabe que la muerte —su muerte— anda con él. El samurái caza por voluntad, pero también tiene la certeza de que su muerte lo anda cazando, luego no tendrá tiempo para aferrarse y por eso intentará vivir al máximo. Si la muerte es inevitable, sólo le queda un camino: elegir cuándo actuar para seguir viviendo, o si no, morir.
Las decisiones que toma son siempre de una sola pieza porque sabe que su muerte no le obsequiará con la posibilidad de entretenerse en nada banal.
Un samurái aprende a vivir con la muerte a su costado y se siente relajado al saber que es una “compañera” inseparable. Como tiene la certeza de que hoy o mañana la muerte lo puede tomar desprevenido, actúa con todo su ser.
El samurái está preparado para entrar en su último acto en cualquier momento y por eso emplea la meticulosidad para actuar, dando todo lo que tiene. Para él no hay horizontes a largo plazo ni mañanas: todo es ahora o nunca, y por eso disfruta el actuar estando completo.
Esto no significa vaciar esperanza, ser conformista o poco previsor, sino que representa la visión de construir sólidamente la vida día a día.
El cristianismo da por hecho que las creaciones humanas tienen como compañía un ángel de la guarda. Todas las noches, los creyentes imploran antes de dormir para que su acompañante celestial invisible no los abandone, ¿por qué entonces no asumir que la muerte también está presente?
Sin maquillajes ideológicos, culturales o mediáticos, el mundo es una balanza imparcial que sopesa en un extremo la vida y en el otro la muerte. Por eso, piense en vivir al ciento por ciento, pensando que la mortalidad no es una variable, sino una constante.

SIN RENCOR

El samurái actúa “como si no hubiera pasado nada” porque acepta la realidad tal y como es. Acepta sin hacerlo, erradicando sentimientos de conformidad o disgusto. Actúa como si no supiera que sabe y trata a las personas con el mismo ánimo, libre de odios o venganzas.
Al liberarse de pensamientos viscerales, actúa con control, lo cual elimina obsesiones desgastantes, que le restan tiempo, esfuerzo y voluntad para proseguir.
Si usted va en su automóvil y alguien le gana el lugar de estacionamiento o lo rebasa, lo más común es perseguirlo y enfrentarlo. Si la otra persona lo ignora o se enfrasca en pelea, se anida un sentimiento de ira, lo cual —en la mayoría de las ocasiones— arruina su día.
Abandone esta postura: el estacionamiento o la velocidad no es importante para vivir bien. Vea, piense y sienta, pero deseche lo innecesario.
No vale la pena llenarse de debilidades emocionales, pues esto produce rencor por la vida. Viva y sienta, pero deje a un lado lo intrascendente, ¿no vale más su permanencia sin complicaciones que la pérdida de su integridad?
Cuando tenga que saldar cuentas por un hecho negativo que le hicieron pasar, hágalo con determinación y actúe en condiciones favorables. Una vez que haya pasado esta situación, dé la vuelta al episodio y prosiga.

ACERCARSE Y ALEJARSE

El samurái aprende a acercarse y alejarse a voluntad. Tiene que desarrollar esta destreza para ponerse en contacto con la gente, pero también para no estar “a tiro de rifle”. Busque la compañía de personas que fortalezcan el carácter y acérquese sólo cuando así lo decida. Esto significa crear agenda de tiempos: escoja los momentos, sitios y temas para compartir cercanamente y no sea veleta de decisiones externas.
Alejarse o acercarse es una cuestión de poder: se acerca para ser visible, para aprender, compartir y brindar conocimientos y experiencias. El samurái se descubre cuando así lo amerita su estrategia. Desvela lo que quiere y se nutre de las revelaciones de los otros.
Acercarse no es otorgar lo que no se pretende dar, ni secretos y mucho menos poder; por el contrario, significa acumular más, recibiendo información de los demás. Acercarse no es ponerse en la mira de los otros, sino que vean lo que usted quiere que vean.
El acto de alejarse o ponerse a distancia tampoco es esconderse, sino estar fuera de alcance, convirtiéndole en un ser inaccesible. Cuando el samurái se vuelve inalcanzable, evita agotamiento de poder, lo que le permite objetividad.
Cuando es abordado sin desearlo, cuando asiste a un evento sin quererlo o cuando es centro de críticas en una situación no planificada, corre el riesgo de que le pasen cosas insospechadas. Disminuya o alargue distancias estratégicamente, pero nunca permita encuentros que no sean favorables.
Cuando requiera acercarse, hágalo, pero cuando crea inconveniente ponerse al alcance, retírese. El bosque se observa mejor cuando se está colocado sobre la cima de una montaña. Si permanece siempre en él, sólo podrá ver algunos troncos y hojas, pero no el panorama completo.

Baltasar Hernández Gómez

 

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