Nuestra civilización crece y se desarrolla de un modo aparentemente vertiginoso. Muchos afirman que la magia del pasado es la tecnología del presente. Y llevan razón en parte, pero desdeñar la magia es desdeñar una parte sustancialmente importante de nuestro sustrato cultural; más aún… a veces creo que prefiero al hombre de hace centurias, con sus errores científicos, con sus taras teológicas, pero con una grandeza espiritual de la que carecemos hoy por hoy. Nuestra sociedad es tan banal, tan vacía, insignificante. Grotesca me resulta su orgullosa ignorancia del espíritu y su radical materialismo. Por esa razón, creo que una forma de salir de esta asfixiante dictadura del odio es volver la mirada a épocas donde el hombre aún no había olvidado por completo su inicial etapa dorada. Acompáñenme a Egipto y conozcamos su magia.
En el remoto Egipto, explicaban el significado de la magia de un modo magistral, para ellos magia era voluntad. Magia es nuestra capacidad de modificar la realidad sólo con desearlo. Para lograr la proyección de esa voluntad era necesario condensar su fuerza mediante formulas y símbolos mágicos. En la eterna lucha del Bien contra el Mal, las fuerzas mágicas malignas se denominaban con el vocablo bau y tanto los magos negros como los blancos utilizaban el heka o energía mágica que todos poseemos. En la magia negra, el heka se utilizaba para causar el mal, la muerte mediante el mal de ojo, que lograba perpetrar utilizando maleficios o fórmulas malignas. Los magos benignos utilizaban su poder como defensa antes estos ataques; su magia era profiláctica en este sentido, pues servía para protegerse del mal de ojo.
En los textos de los Sarcófagos (siglo XXI a.C), se menciona una y otra vez el vocablo heka, energía mágica que solían localizar en el vientre. Los que se enfrentaban en esta lucha secreta del Bien contra el Mal recibían el nombre de hekay, es decir, los que manejan el heka. Son los que moran en la Casa de la Vida.
Para los egipcios, las escritura era en sí misma un acto mágico, una forma de magia perdurable y que capacitaba a cualquiera con el suficiente conocimiento y sensibilidad espiritual. La magia era una realidad presente en todos los aspectos de la vida egipcia, desde la política, pues recordemos que en los ejércitos que comandaba el faraón existían compañías de magos, a la vida cotidiana.
Los escritos nos han dejado una descripción de la preparación preliminar de estos magos antes de realizar ningún encantamiento. Debían purificarse con el agua del Nilo, untarse con ungüentos aromáticos, vestir con prendas nuevas y calzar sandalias blancas. Con pintura recién hecha, debían dibujarse en la lengua el símbolo de la diosa Maat. Colocaban natrón en las orejas y en la boca (natrón es la ceniza de la planta denominada barrilla). Una vez que el ritual de purificación había concluido, se podía realizar la formulación mágica, que consistía en pronunciar una palabra o gesto secreto. Se realizaba utilizando un transmisor o vehículo que solía ser un insecto, al que se le susurraba la palabra o gesto mágico y secreto.
Las maldiciones
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Khaemuaset, escultura expuesta en el Museo Británico / Fuente: Fermín Castro |
La magia, como he comentado anteriormente, podía ser utilizada como defensa y como ataque, y una de las formas más funestas de ataque era la maldición. Cuando en 1922 Howard Carter halló en la ciudad de Tebas, en el Valle de los Reyes, la Tumba de Tutankamon se encumbró junto con su mentor Lord Carnavon a la fama mundial y grabaron sus nombres con letras imborrables en la Historia de la Arqueología y, por extensión, en la Historia contemporánea. Pero, desgraciadamente, hallaron algo más, algo terrible que sólo con el tiempo vio la luz. Junto a los tesoros ocultos al tiempo había tablillas con maldiciones mágicas, las cuales arrojarían el mal sobre aquél que osase profanar la tumba del faraón. Literalmente decían aquellas tablillas: Todo aquel que ose perturbar el sueño eterno del faraón será herido por las alas del pájaro de la muerte. Pronto empezaron a ocurrir extraños accidentes, muertes prematuras e inexplicables que se achacaron en un principio a una funesta casualidad… Pero un escalofrío comenzó a correr por el corazón de los más sagaces. No era posible tal cantidad de nefastas casualidades. Audrey Herbert, hermanastro de Lord Carnavon y quien presenció la rotura del sello de la tumba, cayó muerto de forma inexplicable y repentina nada más llegar a Londres. Arthur Mace, un colaborador de Howard Carter y que había abierto también sellos de la tumba, encontró una muerte fulminante en un hotel de El Cairo. Lord Carnavon sufrió durante meses una extrañísima dolencia que los médicos no llegaron a explicarse y la cual le provocó la muerte, en medio de una espantosa agonía. Douglas Raid, encargado de realizar las radiografías a la momia, cayó preso de una extraña melancolía y agotamiento; regresó a su país y murió. La secretaria de Carter cayó fulminada por un infarto. El padre de esta pobre víctima inocente, al enterarse de la negra noticia, se suicidó. El número de muertes extrañas continuó, como podemos comprobar en el caso del doctor Ezza-Din Taha, de la Universidad de El Cairo. Según algunos investigadores, el número de víctimas de la maldición suman un total de treinta hasta 1935. Todos los fallecidos tuvieron un contacto directo con la excavación o con la manipulación de la momia del faraón.
Simples coincidencias, dirán unos; todo tiene una explicación natural, dirán otros… Pero recordad: todas las civilizaciones de los hombres han tenido especial cuidado en no molestar el descanso de los muertos.
La figura del mago
De los personajes oscuros y misteriosos de los que está preñada la Historia antigua egipcia, Khaemuaset, un hijo del célebre Ramsés, es uno de los más interesantes. Una sombra del tiempo, un personaje de especial y de extraña sensibilidad, un mago cuya fama fue enorme.
Los magos egipcios servían de puente entre el mundo de lo real, de la vida humana, y el mundo que esta más allá de lo real, el mundo ultrarreal de los dioses y los espíritus. Terribles rituales se producían en el templo de Karnak y en ellos los magos sacerdotes tenían absoluto protagonismo. De la lectura de libros, nos llega un olor a aromáticas plantas, un leve sonido a extrañas salmodias a la diosa Sekhmet; a Thot, el protector de los escribas; a la diosa Sobek, que se representa con cabeza de cocodrilo.
Es curioso constatar cómo supersticiones actuales pueden rastrearse milenios atrás, a culturas extinguidas y oscurecidas por las brumas del tiempo; cómo la creencia actual de la buena fortuna inherente al numero siete, por ejemplo, ya puede encontrarse en el antiguo Egipto, donde dicho número era utilizado en los talismanes y conjuros mágicos para provocar la buena fortuna. Al igual que hoy consideramos ciertos días nefastos, por ejemplo, el martes trece, los egipcios también poseían días en los que podía atraerse el infortunio.
El udjat u ojo egipcio
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Udjat egipcio / Fuente: Fermín Castro |
No quiero finalizar el cónclave de este mes con malos augurios, así que me despido con un símbolo mágico muy poderoso: el udjat. Es uno de los símbolos mágicos defensivos más utilizado en el mundo antiguo y es el ojo adornado del Dios celeste, la fuerza positiva que nos defiende y protege, incluso tras nuestra muerte, de las huestes maléficas. Este símbolo es incluso hoy día utilizado con asiduidad por las empresas publicitarias; en este sentido, recuerdo un viejo disco de Alan Parson en cuya portada aparecía un enorme udjat. La mujeres egipcias, que eran supersticiosas a la par que coquetas, llevaban en sus bolsas de piel siempre algún amuleto de la suerte, un udjat o cualquier otro (se cosidera que fueron las egipcias las primeras en utilizar bolsos).
Los egipcios creían en la vida ultraterrena, por ello no es de extrañar que creyesen en los fantasmas, incluso poseían una festividad en la que se consideraba que el contacto con los familiares y amigos del Más Allá era posible. En las inmediaciones del templo de la reina Hatshepsut, los peregrinos se dispersaban entre cánticos por el cercano desierto; al oscurecer, aquellos miles de peregrinos encendían sus hogueras para pasar la noche bajo las estrellas; con sus miles de fogatas esparcidas aquí y allá entre las adormecidas arenas del desierto, debían parecer estrellas rutilantes, reflejos de las del cielo, todo un símbolo del sentido de aquella melancólica festividad. La relación con los queridos habitantes del Más allá era tan normal en la clase dirigente que nos ha llegado una gran cantidad de correspondencia cuyo destinatario se encontraba… ¡en las tumbas! Sí, así es, los egipcios, por lo menos los que sabían escribir y leer, enviaban cartas a sus difuntos.
Los egipcios tenían un concepto de la muerte muy positivo, consideraban que tras la muerte se entraba en las Tierras de Ialu, donde los paisajes son eternamente verdes y primaverales, donde los árboles son hermosos y dan fresca sombra, donde las flores embriagan; allí se encuentra el País de los Bienaventurados. Con el aroma de las flores de las Tierra de Ialu me despido… y os emplazo al siguiente número.






